"El mundo era tan reciente,
que muchas cosas carecían de nombre,
y para mencionarlas
había que señalarlas con el dedo."
100 Años...

jueves, 7 de abril de 2011

En un día como éste me vertieron de sí las entrañas de mi madre a la luz de la vida. En un día como éste, de la nada, salí al escenario del vasto universo y me asomé a un horizonte entenebrecido. En un día como éste me pusieron las manos de la quietud, hace veinticinco años, en brazos de este mundo tumultuoso, lleno de alboroto y bullicio, de luchas y de inquietudes.
En un día como éste me dió a luz el vientre de mi madre. Veinticinco años que camino bajo el sol y no sé cuantas veces que gira la luna sobre mi; y hasta hoy ignoro aún los secretos de la luz y nada alcancé a saber de los misterios de la lobreguez. Con este mundo indefinido veinticinco veces caminé en torno de aquella sublime y única ley; y mi alma balbucea el nombre de aquella ley cual una cueva que repercute el estruendo de las olas del mar; pero sin comprender nada de su esencia que existe con su existir; y entona las canciones del flujo y del reflujo, pero sin alcanzar nada de su misterio.

En este día se reflejan en mi mente todos los significados de mi vida pasada y mi numen no es más que un espejo nítido en el que miro ensimismado, permitiéndome ver solamente los semblantes pálidos de los años, como rostros de moribundos; los contornos de la esperanza y los sueños y los anhelos llenos de surcos como caras envejecidas. Cierro mis ojos y torno a mirar aquel espejo y sólo veo mi cara. Miro en mi cara y sólo veo tristezas y melancolías. Interrogo mis tristezas y las hallo mudas. Pero si las aflicciones de mi corazón hablasen, las hallaría más dulces que el placer.
En los veinticinco años pasados he amado mucho. ¡Y cuantas veces amé lo que el mundo desprecia y desprecié lo que el mundo ama! Y lo que amé cuando era niño lo amo hasta hoy y lo seguiré amando hasta el fin de mi vida, porque el amor es el único tesoro que poseo y que nadie me podrá quitar. Muchas veces amé también la muerte en mi desesperación y le canté las estrofas más dulces; como rimé para ella, pública y secretamente, los versos más amargos y sin olvidarme de la muerte, amé mucho la vida. Y la vida y la muerte se identificaron en mi alma en el amor, y semejáronse en el deseo, y se asociaron en la fecundación de mis anhelos y cariños.
Amé la libertad, y mi amor creció con mi conocimiento del porqué de tanta esclavitud y despotismo entre los hombres. Naciones esclavizadas, humilladas, sometidas a la adoración de lo ídolos que los siglos obscuros esculpieron y que la ignorancia elevó: ídolos acicalados en sus altares por los labios de los esclavos.

Amé la libertad más que a todas las cosas porque se me pareció bajo la forma de una niña que la soledad apesadumbró y enervó el aislamiento, hasta que se hubo convertido en una sombra transparente que corría por las casas de los hombres y se detenía en las esquinas de las calles llamando a los transeúntes que permanecían sordos, mudos, indiferentes...

Los hombres que amé muy mucho se dividen, en mi ley, en tres clases: unos que maldicen la vida; otros que la bendicen y el resto que la contemplan abismándose en ella. A los primeros los amé por su desventura; a los segundos por su tolerancia, y a los últimos por su honda sabiduría.
Así pasaron mis veinticinco años y así se consumieron mis días y mis noches apresurándose, disipándose con las ilusiones de mis esperanzas, cayéndose de mi vida cual hojas dispersadas por un cierzo otoñal.

Detrás de mi ventana contemplo todas esas figuras y siluetas y después miro más allá de la ciudad. Veo campiñas con todos los contornos de su belleza divina y su alma confidencial; altas colinas, valles, llanuras, y bosques frondosos; campos florecientes; flores que impregnan con sus aromas; pájaros en concierto; arroyos cantores y de dulce murmurio.
Después miro más allá de Albariah y mis ojos tropiezan con el espacio infinito, con todos sus astros luminosos y sus planetas y soles y lunas regidos por una ley suprema y sometidos a una voluntad superior y eterna. Miro y contemplo todos esos objetos y mundos detrás de los cristales de mi ventana y entonces me olvido de los veinticinco años y de todos los siglos que los han precedido y de todos los que vendrán.

Y entonces mi ser paréceme una partícula del suspiro de una niña perdida en un vacío infinito y de insondable profundidad; pero siento en el movimiento de aquel átomo -esta alma- esta presencia que llamo "yo", siento sus movimientos y sus baraúndas; la veo alzar sus alas hacia el cielo y extender sus manos a todas partes; se estremece en el día, de cada año, que de la nada trajo a este mundo. Y con una voz que se levanta de su santidad, exclama: -Salam, vida mía; salam ilusiones; salam oh día que sumerges en tu luz la lobreguez de la tierra!; salam, oh noche, que con tu obscuridad manifiestas la luz del cielo!; salam, primavera que rejuveneces la decrepitud de la tierra; verano que promulgas la gloria del sol; otoño que tronchas las flores y disminuyes la actividad de los campos; invierno que enervas el vigor de la madre naturaleza. Salam años que reveláis lo que el tiempo ha escondido; siglos que rectificáis lo que las edades han viciado!; salam, oh tiempo que nos conduce hacia la perfección!; salam, oh espíritu que guías la vida y que estás oculto tras el manto solar!

Y tú, corazón mío!, Salam!; porque con el salam puedes exhortar y cantar no obstante hallarte sumergido en lágrimas!; salam labios míos, porque vosotros pronunciáis el salam en el momento de gustar la amrgura.


Khalil Gibran




domingo, 3 de abril de 2011

Me até con alambre
Para poner a los caballos en libertad
Jugando con fuego
hasta que el fuego jugó conmigo

La piedra era semipreciosa
Estábamos apenas conscientes
Dos almas demasiado listas como para estar
en la esfera de la realidad
Hasta en el día de nuestra boda

Nos prendimos fuego
Oh Dios, no la rechaces
No se trata de que yo crea en el amor o no
Pero si el amor cree en mí
Entonces tú cree en mí

En el momento de la rendición
Caí de rodillas
No noté a los que pasaban
Y ellos no me notaron a mí

He estado en todos los agujeros negros
En el altar de la estrella sin luz
Ahora mi cuerpo es el plato de un mendigo
Que mendiga su regreso, mendiga su regreso
A mi corazón
Al ritmo de mi alma
Al ritmo de mi inconciencia
Al ritmo que añora
ser liberado del control

Apretando los números del cajero automático
Pude ver en el reflejo
Una cara viéndome de regreso

En el momento de la rendición
De la visión por encima de la visibilidad
No noté a los que pasaban
Y ellos no me notaron a mí

Iba a toda velocidad en el metro
A través de las estaciones del via crucis
Cada ojo mirando hacia otro lado
En cuenta regresiva hasta que el dolor se detuvo

En el momento de la rendición
De la visión por encima de la visibilidad
No noté a los que pasaban
Y ellos no me notaron a mí.

U2

jueves, 31 de marzo de 2011

Libertad/Identidad/Conservación/Bondad

No será lo que tanto llamamos esencia...




Bueno... me voy a trabajar.

jueves, 24 de marzo de 2011

domingo, 20 de marzo de 2011

En primer lugar, conocemos la existencia de individuos que son -o han sido- espontáneos; personas cuyos pensamientos, emociones y acciones son la expresión de su yo y no la de un autómata. Tales individuos los conocemos sobre todo con el nombre de artistas. En efecto, el artista puede ser definido como una persona capaz de expresarse espontáneamente. Si ésta fuera la definición del artista -Balzac se definía a sí mismo de esta manera- entonces ciertos filósofos y científicos también deberían llamarse artistas, en tanto que otros serían en comparación con ellos lo que un fotógrafo de viejo estilo con respecto a un pintor creador. Hay personas que, aun careciendo de la capacidad -o quizá tan sólo de adiestramiento- para alcanzar una expresión objetiva, como lo hace el atista, poseen, no obstante, la misma espontaneidad. La posición del artista, sin embargo, es vulnerable, pues se respeta tan sólo la espontaneidad o individualidad del que logra el éxito; si no alcanza a vender su arte, es para los contemporáneos un desequilibrado, un "neurótico". Desde este punto de vista, el artista se halla en una posición similar a la del revolucionario a través de la historia. El revolucionario afortunado es un hombre de Estado, el que no alcanza el éxito, un criminal.
Los niños pequeños ofrecen otro ejemplo de espontaneidad. Tienen la capacidad de sentir y pensar lo que realmente es suyo: tal espontaneidad se manifiesta en lo que dicen y piensan, en las emociones que se expresan en sus rostros. Si se pregunta qué es lo que origina la atracción que los niños pequeños ejercen sobre tanta gente, yo creo que, prescindiendo de razones convencionales y sentimentales, debe contestarse que es ese mismo carácter de espontaneidad. Atrae profundamente a cualquiera que no esté tan muerto como para haber perdido la capacidad de percibirla. En efecto, no hay nada más atractivo y convincente que la espontaneidad, ya sea que la observemos en un niño, en un artista, o también en aquellas personas que por su edad y ocupación no pertenecen a esas categorías.
La actividad espontánea es el único camino por el cual el hombre puede superar el terror de la soledad sin sacrificar la integridad del yo; puesto que en la espontánea realización del yo es donde el individuo vuelve a unirse con el hombre, con la naturaleza, con sí mismo.
La dicotomía básica inherente a la libertad -el nacimiento de la individualidad y el dolor de la soledad- se disuelve en un plano superior por medio de la actividad humana espontánea.
En ella el individuo abraza el mundo. No solamente su yo individual permanece intacto, sino que se vuelve más fuerte y recio. Porque el yo es fuerte en la medida en que es activo.


Erich Fromm
El miedo a la Libertad

sábado, 12 de marzo de 2011

martes, 8 de marzo de 2011

...Que raro les ha debido parecer a los españoles ver mujeres en los tambos vendiendo y comprando. Lo que indican las fuentes es que les resultó tan extraña esa presencia femenina, que sólo se les pudo ocurrir que vendían sus cuerpos, porque miraban a través del lente interpretativo español y europeo, para el cual la presencia pública de mujeres solas era señal de prostitución. Hay pocas fuentes que rescatan la dinámica mercantil femenina, pero la investigación histórica de Pauline Numhausen hace muy buen uso de ellas. En Mujeres indias y señores de la coca desentraña las diversas modalidades del nexo con el mercado, desde posiciones subordinadas a formas de acumulación autónomas, que desarrollaron las mujeres del Gato (castellanización del qhatu) y su papel fundamental en los intercambios de la plata y la coca. La compatibilidad de las mujeres con el mercado puede entenderse mejor si atendemos a los papeles rituales de las mujeres, como lo hace Joseph Bastien (1996). Este antropólogo norteamericano llama a las mujeres del ayllu Qäta de Charazani las ritualistas de los márgenes, mostrando que los varones de especializaban en los rituales propiciatorios localizados en el centro civilizado de la comunidad (rituales a las chacras, casas y todos los espacios culturales), en tanto que las mujeres se especializan en los ritos de los márgenes: en los ríos o en las alturas de pastoreo, en aquellos espacios de frontera entre cultura y naturaleza, donde la comunidad entra en contacto con fuerzas externas y desconocidas. Allí las mujeres operan -como en sus tejidos y canciones- una domesticación de lo salvaje.
Este proceso de conexión con el exterior que ritualmente ejercen las mujeres, es perfectamente compatible con su predominio en el comercio. El comercio es el nexo de la comunidad con el mundo, entonces la colocación de las mujeres en la estructura de la sociedad indígena les otorga el poder de mediar con el exterior y con las fuerzas desconocidas y caóticas de la fertilidad, de lo silvestre y del mercado. por eso es comprensible la capacidad femenina de integrarse al mercado potosino y a los circuitos del trajín colonial. Históricamente tenemos esta presencia femenina en los mercados, que va a marcar muchos elementos que diferencian a la sociedad boliviana de sus vecinas. Bolivia se parece más a las sociedades africanas. El sólo hecho de ver tantas mujeres en las calles, ver la dinámica mercantil que ellas manejan y su contacto con el dinero, nos está hablando de una modernidad indígena de larga data, cuyo uso del dinero es ciertamente diferente al que propone la "ética protestante y el espíritu del capitalismo".


Silvia Rivera Cusicanqui

Socióloga aymara